jueves, 5 de agosto de 2010

ULISES LASA, MEDIO SIGLO CON LA MUSICA: 1960 - 2.010

El pròximo 15 de agosto se cumplen 50 años de mi debùt en los palcos chavenses. Fue en el Club de Pelota en la gran kermese que organizò la Comisiòn de Damas de San Roque, donde con mis 15 abriles fui invitado a cantar ante un marco imponente de pùblico. Allì con ¡Oh Carrol!, Pity, Pity y Eso, tres temas de moda en esos tiempos, comenzò mi romance con la mùsica, hasta llegar a nuestros dìas donde sigo creando nuevas melodìas. Debo agradecer a Dios por haberme dado salùd y a mis viejos por los genes que me transmitieron y el apoyo incondicional que siempre tuve de ellos. Tambièn a tantos mùsicos que compartieron mis dìas, en especial a Pochi Pusineri que fue mi maestro de guitarra y con quien formamos el grupo Los "Happy Boy`s en 1961. a los muchachos de la Jazz Maracaibo, orquesta tresarroyense que integrè dos años mas tarde, hasta aceptar el pedido de Piero y volver a Chaves a cantar con "Los Dinàmicos" y escribir una historia hermosa de los bailes en la zona, que culminò con Dany y su Conjunto, con quien actuè hasta el año 2.000. Tambièn un recuerdo para mis compañeros de la Banda del Regimiento 8 de Comodoro Rivadavia, donde hice mi servicio militar.A mi pueblo le dejo como autor y compositor, numerosas canciones dedicadas a sus lugares y su gente, entre ellas, el Himno a G.Chaves y siento orgullo de haberlo representado dignamente en certàmenes de autores donde se escucharon y triunfaron mis temas en templos del arte provincial, Teatro Auditoriùm de Mar del Plata y el Argentino de La Plata. La mùsica me ha dado todo y aseguro por mi experiencia que es la mejor terapia para sentirse bien, por eso seguirè ligado a ella, hasta que el cuerpo aguante.
A mi esposa, a mi familia, a mis amigos, les agradezco su afecto y paciencia y dejo tambièn en esta fecha inolvidable, un saludo grande para todos los habitantes de A.G.Chaves - Gracias


Ulises Lasa
Agosto - 2.010

viernes, 23 de julio de 2010

REGRESANDO A CHAVES (1)

Hacía cuatro años ya, que había regresado a mi pueblo, Chaves, buscando la imagen del mismo que me llevé a los 18 años, cuando partí hacia la universidad. En los 33 años que habían mediado entre mi partida y mi regreso, anduve mucho por el país y por el mundo. Y todo lo que vi siempre reafirmó el sentimiento de volver a mi pueblo. A este Chaves que al regresar, me complicó para entenderlo (estoy haciendo referencia a los años 2.001 al 2.003).
Ya aquí, en lo más íntimo supe que esa idea fue acertada, porque regresar a mis raíces fue recuperar una parte fundamental de mi historia. Pero hubo momentos en los que llegué a replantearme si fue correcto volver a este pueblo, pensando en un escenario futuro. Porque al pensar en el futuro de Chaves, forzosamente debía incorporar en ese futuro a sus adolescentes, cuando por su edad fuesen adultos y por su ubicación en la sociedad estuviesen al frente de alguna responsabilidad.
Y no fue caprichoso que en ese momento me plantease un escenario futuro complicado para Chaves, dada la generalizada actitud vandálica de una cantidad de adolescentes chavenses. En ese momento el gimnasio en construcción, era destrozado día a día; los nomencladores de calles, diariamente destrozados; la plaza 25 de Mayo, muestrario de todos los daños que puedan imaginarse: bancos rotos los fines de semana; faroles rotos a mansalva; cajas de conexiones eléctricas destrozadas. Y como parte del incentivo para hacer tanto daño, la misma plaza quedaba sembrada de tetrabriks y envases vacíos de cerveza.
Este no era el pueblo que había dejado en mi adolescencia; el Chaves cuya imagen surgía viva en mi recuerdo en tantas vueltas dadas por el mundo; el Chaves que vine a disfrutar a mi regreso. No. Este no era aquél Chaves. Pero, ¿Qué había cambiado? ¿Cuál fue la causa de este deterioro en la estructura social del pueblo, manifestada en el comportamiento vandálico de muchos adolescentes chavenses?
Buscando en la historia, encontré alguna información interesante. Hacia fines de la década de 1950, las autoridades de U.S.A., preocupadas por el auge de la delincuencia juvenil en su país, enviaron a un grupo de profesionales a Italia, país que a la sazón contaba con el índice más bajo del mundo de delincuencia juvenil, para ver cual era la causa de ello. Luego de muchos meses de estudios en cantidad de ciudades grandes y pueblos pequeños, la conclusión de esos profesionales fue terminante: En las familias italianas, como célula fundamental de la sociedad italiana, se respetaba la autoridad del padre. Por extensión se respetaba la autoridad de la madre y fuera de la casa se extendía el mismo respeto hacia toda otra persona de la cual emanase algún tipo de autoridad: respeto a los mayores; respeto al maestro; respeto a la policía; respeto al placero. Y ese respeto culminaba en un respeto a si mismos.
No sería de extrañar entonces, que el eje del mal comportamiento de estos adolescentes pasase por la falta de respeto a sus padres. ¿Y que hacían los padres de éstos que destrozaban medio pueblo? Buena pregunta a la cual me respondí tal como en una oportunidad respondió mi hermano, cuando complicado en sus asuntos, alguien le preguntó como andaba:
- ´´¿No tenés una pregunta más fácil?´´

Miguel Gonzalez

martes, 13 de julio de 2010

MISMOS DERECHOS PARA DISTINTOS PROYECTOS DE VIDA

¿Qué piensa un hombre cuando al llegar al final de su vida se da cuenta que no pudo llevar a cabo el proyecto que había elegido para vivir? Y ¿Cuál es el sentimiento por él sentido cuando ese proyecto no pudo ser llevado a cabo por la mezquindad de otros?
Las personas elegimos caminos que recorrer, elegimos nuestro propio proyecto de vida para desandarlo y vivirlo tal como lo soñamos. Pero también nos toca vivir en determinado lugar y en determinado tiempo, compartir un espacio con otras personas cuyos proyectos de vida podrán estar más o menos emparentados con el nuestro, pero de seguro que jamás serán iguales. Porque las personas tenemos eso que nos hace tan humanos de ser todos distintos.
Ocurre que vivimos en sociedad, compartimos las mismas leyes y las mismas instituciones y pretendemos que esas instituciones resguarden nuestros proyectos de vida que son tan personalísimos como nuestra propia vida.
Atrás quedaron los tiempos en los que una Nación podía decir cómo había que vivir; atrás quedó Roma, atrás quedó la edad media y su inquisición, atrás quedó la Alemania Nazi, atrás quedó Onganía, atrás quedaron muchas ideas que intentaron por todos los medios fundirnos en una masa informe sin identidad ni aspiraciones ni deseos.
En esas sociedades sólo importaba la religión oficial, aquella voz de mando que nos decía como vestir, como pensar, a quien idolatrar, y, sobre todo nos decía cómo vivir la vida. Vida que en aquellos tiempos le pertenecía injustamente al que mandaba.
Pero en la puja por la felicidad la vida siempre se hace lugar entre las redes del poder, entre las redes de la mezquindad y vuelve a su último dueño: La persona humana. Sólo la persona puede disponer de su vida y vivirla como lo soñó, y no se trata de antojos ni de caprichos; se trata de proyectos de vida cuya elección radica allí, en lo más profundo del ser humano donde sólo hay soledad, donde sólo está la persona consigo misma decidiendo que quiere para su vida. Entonces se vuelve fundamental para la persona que nadie pueda disponer de su proyecto, que nadie pueda interferir en tales situaciones.
El Estado tiene la obligación de no interferir en las decisiones personalísimas, de mantenerse neutro, de crear una esfera de respeto y de otorgar los derechos necesarios para que todos los hombres y mujeres tengan las mismas posibilidades. Y esta igualdad de posibilidades nada tiene que ver con una distribución de bienes materiales, sino que tiene que ver con un ambiente de paz y de garantías para que el miedo, que es arma y escudo de los mezquinos, no pueda destruir la vida de nadie.
Alguna vez un pensador habló de “apelar al cielo” en aquellos momentos en los que el Estado no garantizaba las libertades y derechos básicos. Hablaba de ello entendiendo que Dios quiere que todos sean libres. Hoy apelan al cielo para destruir vidas, para inmovilizar voluntades, para desterrar la libertad. Y no hay debate. No hay debate porque no se puede debatir un derecho humano, un derecho a la plenitud. Y tampoco se lo puede plebiscitar, porque nadie puede opinar sobre el derecho de otros a realizar su propio proyecto de vida.
Imaginemos por un instante un plebiscito en el que nos preguntáramos si estamos de acuerdo con la libertad religiosa. Pero poco podemos esperar de aquellos que alguna vez se preguntaron si los habitantes de América tenían alma, de aquellos que se plantearon seriamente desterrar al mal mediante la muerte de las personas, de aquellos que se aliaron con Franco. Y de aquellos otros que plebiscitaron los derechos de los judíos, de aquellos otros que tantas veces nos apagaron la luz.
Pero no es una cuestión religiosa, es una cuestión civil, de la ciudad de los hombres, de la ciudad de los que estamos vivos, de los que aún no sabemos que nos pasará después de muertos, pero que sí estamos seguros de que queremos una sociedad sin excluidos morales ni segregación.
Lamentablemente la mezquindad siempre existirá, siempre existirán los mezquinos, aquellos que escudándose en falsos respetos y libertades apócrifas reclamarán el status quo, querrán que todo siga igual, que nada cambie y que los excluidos sigan siendo excluidos y que los que nunca pudieron integrarse nunca más se integren. Porque para el mezquino sólo es válido su proyecto de vida. Y si alguien quiere ampliar los derechos para que otros lleven adelante sus proyectos de vida el mezquino gruñirá, marchará, torturará y hasta quizás mate por algo que a él no le quitará nada, sino que ampliará los derechos de todos. Es la fábula del perro del hortelano, aquel perro mezquino que tanto cuidó la huerta de su amo que no lo dejaba comer, aún cuando a él no el interesaban las verduras.
No queremos una vida injusta en la que los proyectos de vida vengan desde afuera, queremos una sociedad libre e igualitaria donde todos puedan seguir sus propios proyectos de vida, proyectos que no podemos decir si uno es mejor que otro o no. Porque en esa incapacidad de decidir sobre lo bueno o lo malo de los proyectos de vida es donde radica la condición humana.
Ser más personas no es tener la salvación asegurada; ser más personas es no condenar los proyectos de vida de los otros. Ser más personas es comprender que sólo nosotros mismos podemos decidir sobre lo que queremos para nuestras vidas.


Juan Ignacio Zoppo
DNI 32103096